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"La caverna de los sueños olvidados" (2010): Al rescate de la tercera dimensión

Publicado: 2011-10-27

http://www.youtube.com/watch?v=kULwsoCEd3g

Sobre  el último documental de Werner Herzog.

En un ensayo titulado “Por qué odio las películas de 3-D (y por qué usted también debería hacer lo mismo)”, el crítico de cine norteamericano Roger Ebert explica que las películas de este formato desperdician el uso de la tercera dimensión. Según él, este no añade nada esencial a la experiencia de ver cine, pueden constituir una molesta distracción e incluso pueden dar náusea o dolor de cabeza. Para el crítico, la razón por la que muchos cineastas de Hollywood están optando últimamente por este formato es exprimir aún más al espectador, percibido por la industria como una especie de vaca lechera a la que se pudiera ordeñar infinitamente. Solo se reconciliaría con el formato, señala Ebert, si lo viera en manos de un artista. De alguien como Werner Herzog.

En un pasado muy cercano, la actitud de Ebert me hubiera parecido snob. Después de todo, he visto en el cine, y sin demasiadas quejas, casi todos aquellos filmes que han utilizado recientemente el formato, desde filmaciones de conciertos de U2 hasta películas de animación como Avatar, contra la cual tuve fuertes reparos -me pareció una burda fantasía mesiánica (y sexual) de hombre blanco occidental, barnizada con los tintes verdes y azules de una ecología new age-, pero en la cual una de las pocas cosas que me parecieron rescatables era precisamente el uso del formato 3-D, que subsumía al espectador sensorialmente en el riquísimo universo visual de la película suspendiendo, por lo menos durante el tiempo de la proyección, toda capacidad crítica.

Hasta que vi “La caverna de los sueños olvidados” (2010), documental escrito y dirigido por el susodicho Herzog. Y entendí todo.

De alguna manera, los que lo hemos seguido a lo largo de los años ya sabemos qué esperar de los documentales del cineasta alemán, más conocido en nuestros predios por sus largometrajes de ficción Aguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982), filmados en nuestro país. Una atracción por los personajes limítrofes, singulares o simple y llanamente dementes. Por las empresas humanas arriesgadas, visionarias o simple y llanamente absurdas. Una voz narradora, invariablemente la del cineasta mismo, con un estilo retórico que pareciera salido de un personaje divino de ópera wagneriana. Con vocación abierta e impune por la digresión poética o la asociación libre, de fuertes reminiscencias románticas. Absolutamente indiferente al efecto cómico que su sólido acento teutón podría suscitar (no por nada ha aparecido como personaje en un capítulo de Los Simpsons). Completamente inmerso en su rol sublime de Rey Midas que descubre en todo lo que toca –en todo lo que filma- los puntos de contacto entre la belleza, la locura, la genialidad y la estupidez.

Para muestra, sus dos últimos botones: Grizzly Man (2005), que sigue en tiempo real las aventuras de un hombre obsesionado en cohabitar en armonía con los grizzlies y termina devorado por uno(s) de ellos; y Encuentros en el Fin del Mundo (2007), que trata de la demencial y drástica vida cotidiana de un grupo de científicos que viven en el Antártico.

Lo primero es lo primero. Todos debemos erigirle un monumento a los anónimos funcionarios culturales franceses que decidieron permitirle al cineasta el acceso a las cavernas de Chauvet en desmedro de, digo el primer ejemplo que se me viene a la cabeza, la National Geographic. Descubiertas en 1994 por los arqueólogos Jean-Marie Chauvet, Éliette Brunel Deschamps y Christian Hillaire a 640 kilómetros al sur de París, estas cavernas conservan en su interior las pinturas rupestres más antiguas del mundo, de más de 30,000 años de antigüedad (prácticamente el doble que las de Lascaux). Los funcionarios ya mencionados, comprensiblemente, habían restringido de manera estricta la entrada a los visitantes con miras a evitar la sobreexposición de las pinturas, pues incluso el aliento humano podría dañarlas de manera irreversible. Hicieron una excepción con Herzog porque el cineasta prometió usar luces que no emitían calor, y porque sabían perfectamente quién era Herzog.

Muy posiblemente en sintonía con los argumentos de Roger Ebert para filmar en 3-D, el cineasta alemán se resistió inicialmente a filmar en ese formato. Pero, una vez que se decidió a hacerlo, lo asumió hasta las últimas consecuencias, con el visible cuidado de no convertir al 3-D en un espectáculo en sí mismo, sino en un vehículo para compartir con el espectador la experiencia física y espiritual de ver con sus propios ojos la obra de los primeros artistas de nuestra especie.

Tal como señalara un crítico al comentar la película, decir que el resultado es fascinante es como decir que el cañón del Colorado es grande. Cómo evocar la sensación concreta de ingresar realmente a este universo semejante al de un planeta lejano en el que se hubiera capturado, como un animal prehistórico en un pedacito de ámbar, nuestro pasado. De verse pisando un suelo cuya superficie pareciera diseñada por un escultor abstracto enloquecido, rodeado de estalagmitas y estalactitas que tardaron decenas de miles de años en formarse.  De observar a nuestro lado de capas de huesos de animales extinguidos. De casi poder tocar las paredes, conservadas intactas gracias a una avalancha que sellara las cavernas por casi 20,000 años, como si las hubieran pintado ayer mismo. De constatar prácticamente en vivo el uso artístico que hacían de las sinuosidades cóncavas y convexas de las paredes los que pintaron estos caballos al galope, estos mamuts, estos bisontes fantasmales. De mirar esas panzas, esos hocicos, esos lomos, esos cuernos, a no mayor distancia que la de un abrazo. Y de ver, repetida en varias paredes, la huella de la palma de la mano de un mismo pintor, quizá el primero que firmó su obra en la historia de la humanidad.

Pero no solo eso. Herzog, como siempre, incluye en el documental a algunos personajes involucrados en el descubrimiento, la investigación o la preservación de estas cavernas. Y tenemos la oportunidad de conocer a aquel artista de circo reciclado en arqueólogo que forma parte de la investigación, y que todas las noches, después de la visita diaria a las cavernas, sueña obsesivamente con leones (y debe renunciar a entrar a la caverna a causa de sus pesadillas). A aquel investigador un poco tocado de la cabeza que insiste en llevar una extraña vestidura de pellejos de animales, y toca el himno norteamericano con una flauta prehistórica. Aquel perfumista que insiste infructuosamente en descubrir el olor primigenio de la humanidad, atrapado quizá en estas cavernas.

Herzog es Herzog, para bien y para mal (y como tal hay que tomarlo o dejarlo). En una digresión poética, incluye también como personajes a unos cocodrilos albinos que nadan en un estanque en una central nuclear cercana al sitio arqueológico. Entre otras preguntas, su teutona voz narradora se hace la siguiente: “¿Qué pensarían estos cocodrilos albinos si pudieran transportarse unas cuantas millas y ver las pinturas de las cavernas?”.

Una mención especial merece la música coral, austera y de tintes abstractos, compuesta por Ernst Reijseger, que pretende evocar, con intermitente éxito, la esencialidad y el despojamiento de los albores de nuestra civilización.

“La caverna de los sueños olvidados” es, sin lugar a dudas, la película de que tengamos noticia que ha hecho mejor uso de aquella tercera dimensión, hasta ahora traicionada. Todo amante de la pintura y del cine -todo amante de la humanidad- debería verla por lo menos una vez en su vida.


Escrito por

Rafael Dumett

Dramaturgo y escritor peruano.


Publicado en

Espía inca

Un blog de Rafael Dumett