Anatomía de un topo

A cien años del nacimiento de Kim Philby, el espía más letal del siglo XX

(Para Agnieszka Mazur)

Dicen que todo gran escritor de novelas se nutre de una herida íntima que no cicatriza jamás, y de la que mana su ficción. Si es cierto, intuimos que esta se produjo en nuestro Premio Nóbel Mario Vargas Llosa cuando conoció, a la edad de diez años, a ese padre autoritario que imaginaba muerto, y cuya aparición cancelaría para siempre el paraíso que hasta entonces compartía exclusivamente con su madre. Aventuramos que el adolescente Gabriel García Márquez la recibió al regresar con su madre por primera vez a Aracataca y constatar que el pueblo original del que había oído tantas historias de labios familiares se había convertido en un pueblo fantasma y él era el único que podría reinventarlo. Salvarlo del olvido.

Yo creo que esta herida profunda se produjo en John Le Carré, el renombrado autor de novelas de espionaje, en el momento en que su carrera como espía del MI6 –el equivalente británico de la CIA- se echó a perder por culpa de un topo infiltrado en los más altos niveles del servicio secreto inglés. Un topo que había revelado su nombre –David Cornwell- a los soviéticos, así como su rol de agente en el extranjero.

Cuando esto ocurrió, en el año 1963, el agente Cornwell, de treinta y dos años, ya había escrito bajo el seudónimo de John Le Carré -los agentes del servicio secreto están prohibidos de escribir libros con su propio nombre- dos novelas: Llamada para los muertos (1961) y Un asesinato de calidad (1962), que habían sido recibidas discretamente por la crítica y el público lector.

A partir de la hecatombe que significó para su vida y de la muchos de sus colegas el descubrimiento de este topo, que le arrebató para siempre la protección que le proporcionaba el anonimato, su escritura sufrió un viraje radical. Las motivaciones del delito en sus novelas ya no serían de orden personal sino político. El telón de fondo omnipresente pasaría a ser la guerra silenciosa de posiciones entre las dos superpotencias y sus satélites, con la espada de Damocles de un conflicto nuclear pendiendo sobre el mundo. El género ya no sería la novela policial sino la novela de espionaje.

Conservaría, eso sí, su seudónimo: John Le Carré.

Con la distancia, cuesta creer el impacto que causó El Espía que surgió del frío (1963) en el momento de su aparición. No solo por la extraordinaria calidad de su escritura, inusitada en las novelas de espionaje de hasta entonces, sino porque traía al género una bienvenida dosis de aire fresco. Pues trazaba con matices nuevos y sutiles las ubicuas fronteras entre la lealtad y la traición en el mundo de los servicios secretos durante la Guerra Fría, y se instalaba con seguridad en los temores profundos que esta suscitaba. Se apartaba radicalmente del glamour, la estridencia, la bipolaridad moral, los finales necesariamente felices y la fijación en la tecnología que infestaban las populares novelas de Ian Fleming –el creador de James Bond. Y desplegaba una galería nueva y riquísima de personajes con historia y lealtades divididas, de horizontes culturales diversos, con manejo fluido de dos, tres o cuatro idiomas. De dos, tres, cuatro o más identidades.

Sin embargo, habrían de pasar algunos años antes de que Le Carré relatara –extrapolada, modificada, transformada, y con un final diferente del real- aquella experiencia que marcó con fuego su destino. Tinker, Sailor, Soldier, Spy (1974), traducida al castellano como El topo, se ha convertido hoy por hoy en una de las novelas más emblemáticas de Le Carré a lo largo de toda su carrera, y ha recibido varias adaptaciones a la pantalla, la última de ellas la excelente El topo (2011) de Thomas Alfredson, con Gary Oldman en el rol protagónico y donde el mismo Le Carré tiene una breve aparición.

El topo tiene como personaje principal a George Smiley, invariable protagonista de las novelas de Le Carré hasta la caída del Muro de Berlín. Un funcionario de inteligencia de mediana edad sin ningún atractivo físico, de temperamento discreto, anodino y gris en su vida cotidiana, tímido y vulnerable en sus afectos, pero dotado de una agudeza, una perspicacia y una perseverancia sin pares en las faenas de su oficio.

La novela trata de cómo Smiley logra desvelar y atrapar, después de grandes esfuerzos y sacrificios y superados numerosos obstáculos y pistas falsas, a un topo infiltrado en los altos mandos del MI6. Este topo ha estado proporcionando información sensible a los soviéticos durante muchos años, ocasionando efectos devastadores en las operaciones de inteligencia británicas.

No daré detalles de cómo Smiley lo logra y de quién(es) paga(n) las consecuencias en la novela. Voy a referirme más bien al episodio de la vida real que dio origen a la ficción. Al topo que causó un trauma irreversible no solo en Le Carré sino en toda la sociedad inglesa.

Voy a hablar del espía más letal e influyente del siglo XX.

Todo comenzó el 1 de enero de 1912, hace exactamente un siglo, en Amballa, India, con el nacimiento de Harold Adrian Russell Philby. O, tal como se le conocería en todo el mundo, “Kim” Philby.

Debe haber sido un poco difícil tener un padre como el suyo. Harry Saint John Philby era un funcionario inglés destacado a la India que se había mimetizado con la sociedad de su país de residencia a tal punto que se convirtió en musulmán y arabista prominente, adoptó la vestimenta y costumbres locales y se casó en segundas nupcias -después del fracaso de su matrimonio con Dora, la madre de Kim- con una esclava saudí. Harry llegaría a vivir en La Meca, alternar regularmente con jefes tribales, mantener un harem (y discutir con Dora, su ex esposa, los detalles de su vida sexual con sus concubinas), comer cotidianamente carne de camello, tener monos como mascotas y hablar con fluidez francés, alemán, urdu, persa, pushtu y punjabi, además del árabe y el inglés.

Quizá resulte difícil de comprender para ojos no británicos, pero Harry era un típico producto inglés, que no veía contradicción alguna entre el estilo de vida que llevaba y el cumplimiento del objetivo que, según él, guiaba todas sus acciones: servir los intereses de la corona británica, con los cuales mantenía, sin embargo, una actitud ferozmente crítica. Con ese fin Harry viajaba por todo el mundo árabe en calidad de administrador civil en territorio colonial, lo cual lo mantenía alejado de Kim y de Dora, una inglesa hija de un ingeniero de ferrocarriles afincado en el Punjab y por cuyas venas corría, decían las malas lenguas, sangre india.

Harry llegaría a convertirse en consejero y amigo personal del rey Saud de Arabia, a quien le sugirió a fines de los años treinta que se aliara con Hitler, pues le parecía que tenía más probabilidades de ganar la inminente Segunda Guerra Mundial. Por esto, y para su perplejidad, pues creía no estar haciendo nada malo, iría con sus huesos a prisión durante algún tiempo, antes de volver a las andadas.

Fue Harry quien le puso a su hijo el sobrenombre de Kim -,el nombre del niño espía que protagoniza Kim, la popularísima novela de Rudyard Kipling, publicada en 1901-, nombre que reemplazaría a todos los otros. Y fue él quien, al advertir en su hijo enormes inteligencia y talento, lo envió a Londres a que recibiera una educación privilegiada en las más prestigiosas escuelas inglesas, y se lo llevaba con él a sus viajes por el Medio Oriente durante los veranos.

Muchas personas, entre ellas el mismo Le Carré, han señalado que Philby llevaba la traición en la sangre y que su futuro accionar tenía mucho que ver con el deseo de emular a su peculiar padre. Quizá, de una manera algo perversa, como veremos después, hay algo de verdad en eso. Pero es necesario reconstruir el contexto histórico que rodeó a los años mozos de Philby para comprender las decisiones que tomó por entonces, que comprometieron el resto de su vida y lo convirtieron en lo que fue.

Kim Philby ingresó a la Westminster School en 1925 y al Trinity College de Cambridge en 1929. Cambridge era por entonces un bastión de la clase alta, una universidad exclusivamente masculina, rica y de estirpe conservadora en la que se alojaba y educaba a los futuros líderes del país, pero permitiéndoles las licencias propias de la juventud: fiestas, intensa vida nocturna, clubes sociales y deportivos de todo tipo, pero también una militancia muy activa en la política.

Phillip Knightley, en su Philby: The Life and Views of a K.G.B Masterspy (Philby: Vida y opiniones de un espía maestro de la K.G.B.), el único de todos los libros escritos sobre Philby que incluye una larga serie de entrevistas con nuestro personaje, recrea la cargada atmósfera en que ingresaban a la adultez estos estudiantes, conscientes de los tiempos críticos en que vivían, finales de los años veinte e inicios de los treinta del siglo pasado. Que vieron en la depresión norteamericana de 1929 los síntomas inequívocos de la decadencia del capitalismo en Occidente y que contemplaron con asco la claudicación a los principios socialistas por parte del Partido Laborista en 1931 en Inglaterra.

Philby había empezado a formar parte, a la edad de diecisiete años, de la Sociedad Socialista de la universidad, pero se concentró en sus estudios de los clásicos rusos hasta que, decepcionado por el accionar del Partido Laborista, empezó a buscar una alternativa política más aceptable. Su transición al comunismo fue gradual pero silenciosa e imperecedera. Inquebrantable.

Si bien sus convicciones habían cambiado del socialismo hacia el comunismo, Philby siguió siendo un activo militante de la Sociedad Socialista, en la que llegó a convertirse en tesorero principal en 1932, a la edad de veinte años. Según su propia confesión -tanto en su autobiografía Mi guerra silenciosa como en las entrevistas con Phillip Knightley-, aún seguía albergando dudas. Sin embargo, el incontrolable ascenso del fascismo en Alemania, al que los gobiernos democráticos europeos no hacían frente y con el que incluso coqueteaban pues hallaban en él un aliado en contra de la amenaza bolchevique, terminó de convencerlo.

Philby es enigmático a la hora de revelar cómo fue captado por los soviéticos y convencido de trabajar para ellos. Los archivos de la KGB, abiertos al público gracias a la glásnost de Gorbáchev y cuya información ha sido examinada en The Philby Files: The Secret Life of the Master Spy Kim Philby (Los archivos Philby: La vida secreta del espía maestro Kim Philby) del ruso Genrikh Borovik, nos presentan la sorprendente versión del servicio secreto soviético. El reclutamiento de Philby fue llevado a cabo por el agente soviético Arnold Deutsch, y no formaba parte, como se pensaba, de un hábil plan de la KGB de reclutar a jóvenes brillantes de Cambridge que algún día tendrían puestos de poder en la alta sociedad británica. La cosa ocurrió de manera radicalmente diferente.

En una conversación informal en un apartamento londinense, Arnold Deutsch sondeó hábilmente a Philby y, diciéndole que pertenecía a una organización antifascista, le pidió información sobre Harry, su pintoresco padre, pues se sospechaba –erróneamente- que este era un agente del servicio secreto británico que conspiraba para derrocar al gobierno soviético. Philby aceptó. Como una prueba de fuego de lealtad, y sin saber que estaba trabajando para la KGB, espió a su propio padre y pasó la información de con quién este se reunía y de qué se discutía en esas reuniones. Y, last but not least, dio los nombres de otros reclutas potenciales para la organización, los topos de alto vuelo que pasarían a conformar el famoso “Anillo de espías de Cambridge”.

Cuál fue la reacción de Philby cuando se enteró del engaño de que había sido víctima, no lo sabemos. Pero no dio marcha atrás y se internó en las entrañas del monstruo con los ojos abiertos y hasta las últimas consecuencias. Lo cual se le ha reprochado mucho, considerando que sus sucesivos agentes de control fueron ejecutados por las sucesivas purgas del gobierno de Stalin.

En nuestra próxima entrada continuaremos con la segunda parte de la historia de este espía excepcional, responsable de que prácticamente ninguno de los intentos de contrarrestar la expansión de la órbita soviética tuviera éxito.

Divorciándose en Irán: Sobre “Nader y Simin, una separación” (2011) de Asghar Farhadi

(Para Parya Saberi)

Tengo la fortuna de tener entre mis mejores amigos a Parya, una doctora e investigadora iraní. Su chispeante inteligencia, su ilimitada curiosidad y su impredecible e implacable sentido del humor y de la provocación constituyen el mejor antídoto contra los estereotipos que los medios pretenden endilgarnos contra las personas de su nacionalidad.

No, ella no es una excepción. A través de ella, o por mi propia cuenta, he conocido a otr@s iraníes y nunca terminan de sorprenderme por su apertura mental y su tolerancia con personas de otros horizontes culturales y religiosos, que contrastan frontalmente con la inflexibilidad de los fanáticos que gobiernan su país. Y no, no se trata simplemente de representantes minoritarios de una diáspora ilustrada. En los videos de youtube de las manifestaciones callejeras por la reelección de Ahmadinejah podían percibirse, por debajo de la extraordinaria valentía ciudadana, la misma apertura, el mismo espíritu iconoclasta, el mismo sentido corrosivo del humor. La misma modernidad.

No es mi intención tratar de explicar aquí cómo es que gente como Parya terminó siendo gobernada por una casta teocrática como aquella (el lector interesado puede darse una idea aproximada googleando “1953 + Irán + CIA” o leyendo el interesantísimo libro Legado de Cenizas, de Tim Weiner, sobre la historia de la CIA, en especial el capítulo destinado a la ascensión al poder del Sha de Irán). Quiero hablar de cómo Nader y Simin, una separación, una película iraní sin ninguna pretensión política y destinada en primer lugar a una audiencia iraní, nos ayuda a imaginar la manera en que los iraníes de clase media y con una visión laica del mundo enfrentan sus problemas cotidianos en una sociedad regida por leyes y valores religiosos. Pero no solo eso. Haciendo un generoso ejercicio de perspectiva, nos permite ponernos en el lugar de aquellas personas que, con honestidad y decencia, tratan de respetar esos mismos valores. El de aquellos que, en los albores de su vida, los aprenden. Y el de aquellos que, en la madurez, tienen por responsabilidad hacerlos respetar.

No es que tenga algo en contra de películas recientes que, como la norteamericana El apedreamiento de Soraya (2008) de Cirus Nowrasteh o el documental Esta no es una película (2010), del director iraní Jafar Panahi, aluden o denuncian de manera directa la opresión del sistema político iraní y que han optado, para ello, por dirigirse sobre todo a un público allende fronteras. Creo simplemente que el largometraje del director Asghar Farhadi es mucho más rico y efectivo, del mismo modo en que un prisma cierne mejor los colores que un filtro que solo hace visibles el blanco y el negro.

Pues uno de los grandes méritos de esta película es que no hay nadie intrínsecamente bueno ni malo. Al explicar ante el juez de paz por qué quiere separarse de su marido, Simin –encarnada por la extraordinaria Leila Hatami- deja en claro que su esposo Nader –Payman Moadi- no la golpea y que es un hombre bueno y decente. El problema de la pareja no puede ser más común: Nader tiene un padre que sufre de Alzheimer y no quiere apartarse de su lado, y no puede acompañar a Simin, quien ha obtenido una visa para viajar al extranjero que expira en 40 días. Tampoco quiere dar su autorización a Simin para que se lleve a la hija de ambos, con miras a criarla en un entorno “más adecuado”. No porque sea un mal hombre. Es obvio que ama profundamente a su hija, y que la hija no quiere apartarse de él. El juez dictamina, comprensiblemente, que ni la separación ni la autorización proceden.

A pesar de los visibles rescoldos de amor entre los dos, Simin decide abandonar el hogar familiar y quedarse un tiempo indefinido en casa de sus padres (una solución provisional, como muchas en la película, a un problema estructural). Nader debe encontrar entonces a alguien que se encargue del cuidado de su padre mientras él se va a trabajar. Con ese fin, contrata a Razeh (la excelente Sareh Bayat), una joven mujer que, a diferencia de Simin, es muy religiosa. Y surgen nuevos problemas. Pues Razeh pronto descubre que el trabajo de cuidar de un hombre mayor afectado de Alzheimer es mucho mayor de lo que imaginaba, e implica transgresiones a las normas de contacto físico entre hombre y mujer que rigen la sociedad iraní (vemos una reveladora escena en que ella llama por teléfono a un consejero religioso para averiguar si es pecado limpiar a un hombre enfermo y mayor que se ha cagado en los pantalones). Y además, no ha solicitado para este trabajo la autorización de Hodjat (Shahan Hosseini), su desempleado marido.

Razeh trata de pasarle el trabajo a Hodjat. Para ello cuenta con la complicidad de Nader, que promete no revelar que Simin había intentado infructuosamente realizarlo. Pero Hodjat acaba de terminar con sus huesos en la cárcel como resultado de una de las frecuentes trifulcas que le ocasiona su temperamento explosivo, y Razeh no tiene más remedio que retomar el trabajo. Las consecuencias son catastróficas: en un solo día termina echada por la fuerza de la casa de Nader, acusada de haber descuidado al padre de este y de haber robado dinero familiar. Y Razeh termina perdiendo su bebé, pues –nos enteramos recién entonces- ella estaba encinta.

Es aquí, cuando el juicio para establecer responsabilidades comienza, donde la película rompe amarras. Con hábil uso de técnicas propias del cinéma vérité, los flashbacks y asumiendo diferentes perspectivas, nos vamos enterando de detalles de los hechos a los que no habíamos prestado atención, que no conocíamos, o que los implicados y testigos nos han ocultado hasta ahora. El más importante de los cuales es el embarazo de Razeh. Descubrir si Nader lo sabía o no reviste una importancia capital para el juicio que sobreviene a continuación. Si ese era el caso, Nader irá a prisión (y ya no podrá ocuparse de su padre, perderá la custodia de su hija y su matrimonio terminará definitivamente). Si no, permanecerá en libertad.

Hábilmente manipulados por el director, vamos cambiando de bando a medida que los nuevos datos van apareciendo, en un procedimiento narrativo que nos recuerda a Rashomon de Kurosawa. Vamos aprendiendo –de manera indirecta: esta no es una película pedagógica- detalles iluminadores sobre la sociedad iraní. Y vamos viendo como la evolución del juicio no solo va afectando –para bien y para mal- a la relación entre Nader y Simin, sino que va forjando de manera indeleble la mirada sobre el mundo de la hija adolescente de ambos (Sarina Farhadi, hija del director), que al final de la película debe tomar una decisión entre con cuál de los padres desea vivir y, de manera indirecta, entre irse de o quedarse en su país.

Los méritos de Asghar Farhadi son enormes. No solo por la indiscutible calidad de su película, sino porque las estrictas reglas que esta disecciona son las mismas que gobernaron la filmación. Al tomar la decisión de que su película fuera vista por los iraníes, debió solicitar una autorización especial que implicaba pasar por un comité de censura. Pero ha sabido sortear con gran destreza todo intento de ser manipulado con fines propagandísticos tanto por el régimen como por los profesionales de la indignación política, que, como Reyes Midas de la interpretación, suelen convertir en crítica social todo lo que tocan. Los espectadores resultamos favorecidos.

Nader y Simin, una separación ha obtenido el Oso de Oro a la mejor película en la Berlinale del año pasado, y Leila Hatami y Peyman Moadi, sus principales protagonistas, han ganado el premio a la mejor actriz y al mejor actor respectivamente en el mismo certamen. El filme acaba de obtener el premio a la mejor película en los Golden Globes, otorgados por la prensa extranjera de Hollywood, y ha sido nominada al Oscar de la Academia a la mejor película extranjera. Le auguramos todo el éxito que se merece.

Balance y liquidación de Atahualpa – III (final)

(Tercera parte)

Lo que empiezas a leer es la tercera parte de un juicio de Atahualpa, personaje de ambigüedad fundamental, cuyas captura y muerte nos han dejado un legado traumático que sigue rondando como una pesadilla recurrente la psique de los pueblos andinos.

Por juicio queremos decir un intento de evaluar con la mayor justicia posible el comportamiento de este Inca, a la luz de la información fiable que contamos sobre él. Seguiremos tratando, en la medida de nuestras posibilidades, de despojarnos de las inevitables anteojeras culturales que impiden usualmente comprender las acciones de personajes que vivieron en otros tiempos y con una visión del mundo completamente diferente de la nuestra.

En las dos primeras partes hicimos un somero inventario de lo que sabemos sobre su lugar de nacimiento –irrelevante- y su panaca de origen –irrelevante también. Dejamos en claro que su padre Huayna Cápac no lo consideraba un candidato viable para la sucesión, pero que esta desaprobación no lo deslegitimaba. Y evocamos la combinación de factores que desencadenaron su rebelión, más allá del dilema superfluo de cuál de los hermanos afrentó primero: la cercanía de Atahualpa a la nueva élite guerrera que había surgido en el norte y la insatisfacción de algunas panacas del Cuzco con Huáscar.

No nos detuvimos demasiado en la victoriosa campaña militar que le permitió convertirse en el nuevo Único Señor, pues esta fue llevada a cabo en su mayor parte por Challco Chima y Quizquiz, extraordinarios generales que, por las endémicas falencias de nuestra educación, no son familiares para el peruano promedio. Señalamos, sin embargo, algunos actos de represalia de Atahualpa contra los vencidos, de una extrema crueldad no inusual entre los gobernantes incaicos, pero que en su caso tuvieron un extraño trasfondo religioso: una exacerbada curiosidad por conocer los signos que le permitieran acceder al conocimiento de las fuerzas del mundo invisible, un evidente deseo de ganarse el favor de estas y su explosiva frustración al sentir que lo rechazaban.

Ha llegado el momento de hablar del comportamiento de Atahualpa durante el encuentro con los españoles, que selló la manera en que ingresaría a la historia, en la que ha permanecido en una especie de limbo en el que cohabitan el perdedor y la víctima por excelencia.

Como dijimos, nuestra intención al escribir esta entrada era hacer un juicio histórico a Atahualpa. No debemos ocultar al lector que, al comenzar a escribirla, teníamos una idea ya formada de cuál sería el veredicto (y la sentencia resultante). Pero todo lo que pensábamos se vio seriamente cuestionado cuando nos topamos con el iluminador estudio Domination Without Dominance de Gonzalo Lamana, publicado en 2008 y aún no traducido al castellano.

Lamana trata el encuentro de Cajamarca como un “proceso de contacto” entre dos culturas. Armado de un arsenal conceptual fogueado en el análisis de procesos similares en otros ámbitos y épocas, recupera aquella dimensión humana de sorpresa, incertidumbre e improvisación propias de estos encuentros iniciales, con frecuencia soslayadas en los recuentos de los conquistadores, preocupados en presentarse a sí mismos como agentes de la racionalidad en pleno control de la situación.

La imagen resultante de Atahualpa es interesantísima, y nos permite ir mucho más allá de las explicaciones usuales de su conducta durante el encuentro con Pizarro y su hueste, que suelen centrarse en las supuestas arrogancia e ignorancia del Inca (y de paso deslizar la idea subrepticia de una también supuesta inferioridad de los incas respecto a los españoles). Gracias a Lamana, el comportamiento de Atahualpa a lo largo de sus intercambios con los españoles se nos revela como una cadena de actos improvisados pero deliberados que respondieron a dilemas políticos y religiosos específicos, en los que tenía pocas alternativas y un reducido margen de maniobra.

Todo comienza cuando Atahualpa recibe las primeras noticias sobre los seres extraños que acaban de llegar a las costas del norte. Sus informantes son, respectivamente, un grupo de tallanes procedentes de Tangarará, un grupo de individuos no identificados y su enviado personal Ciquinchara. Lamana reconstruye el contenido de estos diálogos apelando a Betanzos, lo más cercano a una fuente de primera mano con respecto a los incas, y el cronista indígena Huaman Poma.

En las preguntas que Atahualpa hace a sus informantes queda claro que trataba de establecer si los extranjeros eran huacas –y, en caso afirmativo, quiénes-, con miras a decidir el curso de acción más apropiado. Inquiere por cómo se llaman -lo que no era una pregunta trivial, pues en el incario conocer el nombre de alguien servía para ubicar su procedencia geográfica-, el nombre de quien los manda, qué tipo de persona es el jefe, cómo está vestido, cómo hablan y de qué hablan.

No debemos olvidar la circunstancia desconcertante en que se producía esta pesquisa. El Inca acababa de estar en Huamachuco, donde le había consultado al huaca Catequil acerca de su guerra contra Huáscar, pero el sacerdote que hablaba por boca del huaca le había augurado un futuro nefasto (por lo que el Inca había asesinado a su sacerdote, derribado su bulto, destruido su huaca y arrasado la montaña en que se hallaba). Al mismo tiempo, venía de enterarse de que Challco Chima y Quizquiz habían obtenido la victoria definitiva contra Huáscar.

Como lo que responden los informantes no le permite llegar a una conclusión definitiva, Atahualpa opta por seguir el protocolo de comportamiento de un Inca ante personajes divinos, pero haciendo simultáneamente lo necesario para neutralizar los poderes de estos: lo que hoy conocemos como una escopeta de dos cañones. Es por ello que, en medio de grandes amabilidades, les envía a los españoles un cargamento de patos degollados. Lamana apela al erudito Polo de Ondegardo para explicar el sentido de este obsequio: los incas “sacrificaban pájaros de la puna cuando tenían que ir a la guerra con miras a disminuir la fuerza de los huacas de sus enemigos”.

Es claro que el Inca ha entrado con los recién venidos en una especie de competencia sobrenatural en un teatro político y religioso en el que hay mucha gente observando sus movimientos. No solo están los extranjeros sino también sus generales y tropas en Cajamarca y en el Cuzco. Y él, no lo olvidemos, es un Inca aún sin asentar. Con muchos enemigos abiertos y ocultos. Con problemas serios de legitimidad religiosa: el huaca de Huamachuco, de gran importancia, le había dado malos augurios, y toda la clase sacerdotal del Cuzco había apoyado a Huáscar.

Es en este contexto que, según Lamana, los capitanes intervienen y le dicen a Atahualpa que debe ver a los extranjeros y establecer de una vez si son runa quiçacha, destructores de gente, o viracochacuna, seres divinos benefactores. Ni para estos capitanes ni para Atahualpa existe la posibilidad de que sean conquistadores.

Con miras al encuentro en que ha decidido confrontarlos, Atahualpa alterna con los visitantes los gestos de amabilidad con los de intimidación, de cautela con los de incertidumbre. A partir de cierto momento, ya no hay mensajeros ni suministros a los españoles. Los cargadores desaparecen. Los pueblos por los que pasan los españoles están deshabitados y en algunos casos los canales de irrigación inundan los ríos por los que los tienen que cruzar.

Pero para Lamana, a pesar de la ambigüedad de estos gestos, Atahualpa no tenía alternativa: estaba obligado a confrontar a los visitantes en un espacio religioso como la plaza, entre otras razones porque él era un mediador entre lo normal y lo sobrenatural y el carácter extraordinario y posiblemente divino de los recién llegados era innegable. Si bien podía delegar las actividades militares a sus generales y sus ejércitos, que peleaban literalmente en su lugar –portando un bulto con sus uñas y su pelo- contra seres humanos, la intervención personal del Inca era necesaria cuando se trataba de seres divinos. Confrontarlos involucraba el despliegue de poderes sobrenaturales y era una tarea que le correspondía solo a él. No se trataba, para Lamana, de un acto arrogante que tuvo como consecuencia un error de cálculo.

Lamana presenta también una interesante hipótesis sobre lo que pudo ser el diálogo entre Atahualpa y Valverde, que va en el mismo sentido de lo anterior. Según él, Atahualpa estaba buscando una prueba definitiva de que los visitantes eran huacas y, a partir de un malentendido en la traducción, esperaba hallarla en el objeto que le alcanzó Valverde. Atahualpa lo acercó a su oído para escuchar lo que tenía que decir, pero como este no hablaba –hablar era la facultad principal de los huacas- el Inca lo arroja, pues queda para él demostrado que los visitantes no son, como él pensaba, huacas redivivos. El curso de acción alternativo, que según Lamana Atahualpa decide entonces emprender, era considerarlos como simples ladrones y atraparlos. Sin embargo, esto fue interrumpido por la súbita arremetida de los españoles, que iniciaron en ese momento la arremetida que culminaría con la captura violenta del Inca.

Creemos que las explicaciones de Lamana en este punto no se sostienen. Concordamos con él en que la presencia de Atahualpa en la plaza de Cajamarca no era un alarde de arrogancia, pero tendemos a creer que el error de cálculo sí existió. Si el Inca ya contaba con informes previos de los poderes de los extranjeros y si consideraba seriamente capturar a los extranjeros una vez que se demostrara que no eran huacas ¿por qué se presentó a la plaza con tropas desarmadas, tal como lo atestiguan las fuentes más confiables, como Xerez y Cieza? ¿Por qué no hizo caso de las prevenciones del general Rumi Ñahui, que recomendaba aniquilar a los visitantes?

El retrato del Atahualpa capturado que Lamana nos presenta nos parece más verosímil. Al darse cuenta de que no será ejecutado inmediatamente, el Inca decide controlar los daños que implican su captura. Hace correr la voz de que sigue vivo y esparce rumores que exageran el carácter divino de los españoles, lo que hace posible explicar el que lo hayan atrapado, algo chocante para sus súbditos, pues el Inca era invencible por definición. Además, estos rumores –que presentaban a los caballos como seres divinos que se alimentaban de oro- le permiten presentar la recolección del metal solar por parte de los españoles de una manera que fuera comprensible a los curacas y guerreros encargados de llevarla a cabo, dado que la noción de “rescate” no existía en los pueblos andinos.

Otra preocupación de Atahualpa, señalada no solo por Lamana, es neutralizar la posibilidad de que los españoles liberen a Huáscar y lo restituyan como Inca. Y para ello, mediante una treta muy hábil -lamentar la muerte de su hermano, al que presenta como ya asesinado por un “exceso” de sus generales- Atahualpa logra sondear la reacción de Pizarro y da el visto bueno para su eliminación. (Esta treta ha sido mencionada por lo menos en las crónicas de Betanzos, Pedro Pizarro y Agustín de Zárate).

El estudio de Lamana nos permite ver, asimismo, cómo Atahualpa utilizó políticamente a los españoles. Cómo el hecho de enviar a Hernando Pizarro a arrancar el oro de Pachacámac tiene todos los visos de ser una vendetta político-religiosa de Atahualpa contra este huaca. Pachacámac, la divinidad no inca más importante, le había augurado a Huayna Cápac, su padre, que se curaría si se exponía al Sol (y Huayna Cápac había muerto), que Huáscar derrotaría a Atahualpa (y había perdido) y que Atahualpa derrotaría a los españoles (y había sido capturado por ellos). Esta represalia se condice además con la actitud agresiva general de Atahualpa con respecto de las divinidades religiosas, cuyo favor él había buscado al parecer de manera desesperada, pero que, tal como dijimos, solo había suscitado malos augurios, el modo divino de manifestarle su rechazo.

Argumenta Lamana, y de manera convincente, cómo el envío de tres españoles al Cuzco a recoger el oro del Coricancha –una iniciativa de Atahualpa- corresponde al mismo patrón vengativo. Recordemos que la clase sacerdotal de la capital imperial, encargada del cuidado de este templo, había tomado partido por Huáscar en el conflicto entre los hermanos. Arrancarles el oro de ese templo era una manera de golpearlos en donde más les dolía. Esto adquiere aún más sentido cuando vemos que Atahualpa había dado instrucciones explícitas de que los españoles no tocaran el oro de la momia de su padre, que se hallaba en otro templo.

Lamana nos muestra también cómo, al interior de Cajamarca, Atahualpa continúa con su política de control de daños y hace lo que los Incas solían hacer para neutralizar a sus potenciales enemigos: emparentarse con ellos. Y es por eso que le entrega a Pizarro a su hermana la princesa huaylas Quispe Sisa. Al mismo tiempo, vemos cómo el Inca refuerza los ritos destinados a subrayar su jerarquía –tratando constantemente de que Pizarro también la respete y haga respetar-, y manda castigar, a pesar de sus limitaciones espaciales, a todo aquel que percibe como una amenaza.

Los aportes de Lamana proporcionan luz nueva sobre ciertos comportamientos de Atahualpa que parecían ininteligibles. Pero no logran explicar –no es su intención- algunos que tuvieron una importancia decisiva en cómo este Inca terminó.

Seguimos sin comprender, por ejemplo, por qué Atahualpa se presentó a la plaza de Cajamarca con tropas desarmadas. Por qué ordenó al general Challco Chima que se entregara a Hernando Pizarro y fuera con él a Cajamarca: Challco Chima, que se hallaba al mando de decenas de miles de guerreros, era el hombre más temido de todo el Tahuantinsuyu y quizá el único capaz de hacer frente a los españoles y emprender la liberación del Inca. Algo nos dice Betanzos sobre un ataque de furia que tuvo Atahualpa contra Challco Chima en plena campaña militar contra Huáscar, cuando el guerrero le solicitó arcos, flechas y macanas, y de la orden –extraña y absurda- que dio Atahualpa de mandarlo atrapar (y que nadie se tomó el trabajo de obedecer). ¿Celos de un guerrero de valentía indiscutida al que todos temían y respetaban?

Seguimos sin comprender, también, la actitud reticente de Atahualpa con respecto a los intentos de liberarlo de parte de algunos generales, que, según los rumores, rondaban con sus ejércitos las cercanías de Cajamarca. Si estos rumores eran falsos, como el Inca insistió en sostener hasta el final ¿por qué su pasividad? Y si no lo eran ¿por qué no dio su autorización? ¿El Inca tenía miedo de morir, lo que iba a ocurrir de todas maneras?

Pensamos que aquí el Inca cometió de nuevo un error de cálculo. Después de utilizar a los españoles para tomar represalia contra sus enemigos políticos y religiosos tanto en Pachacámac como en el Cuzco y manipular el aura de los extranjeros en su propio beneficio, creyó que no lo matarían si él seguía satisfaciendo su apetito insaciable por el oro. En algún momento, muy probablemente a mediados de junio de 1533, cuando los españoles empezaron a fundir el metal recabado para convertirlo en barras y hacer la repartición, se dio cuenta de su error. Pero ya era demasiado tarde.

Según Pedro Pizarro, el Inca empezó a temer por su vida cuando llegó Almagro a Cajamarca y llegó a la certeza de que moriría cuando Hernando Pizarro, que era su “amigo”, partió de Cajamarca. “Y un día, estando comiendo con el Marqués, le preguntó de cómo había de repartir los indios entre los españoles. El Marqués le dijo que había de dar un cacique a cada español […] Atahualpa dijo: “-Yo moriré: quiérote decir, apo, lo que han de hacer los cristianos con estos indios para que se puedan servir de ellos: si a algún español dieres mil indios, ha de matar la mitad para poderse servir dellos”.

Atahualpa fue ejecutado el 26 de julio de 1533. Pizarro decidió inicialmente quemarlo, pero cuando el Inca aceptó bautizarse –pues el hecho de que su cadáver fuera profanado por el fuego impediría el acceso del Único Señor a su Vida Siguiente-, la pena se le conmutó a la del garrote.

A la luz de lo señalado en esta entrada, que ya se ha alargado demasiado, no vemos manera de que Atahualpa salga bien librado en el tribunal de la historia. Es tiempo, creemos, de que digiramos la captura y la muerte de este Inca no focalizándonos exclusivamente en su calidad de víctima, que lo fue, para empezar a ver su ejecución como lo que también fue, una conspiración colectiva en que se mancharon las manos, y con razón, no solo los españoles, sino también los miembros de la panaca de Huáscar, una larga serie de grupos étnicos que se aliaron espontáneamente con los extranjeros en contra del Inca. Y Atahualpa mismo, que contribuyó con sus indecisiones y errores de cálculo a su propia muerte.

Si algún lector quiere asumir la defensa de Atahualpa, estamos abiertos a escuchar sus argumentos, que serán bienvenidos.

(Nota: El primer dibujo de la derecha pertenece a Héctor Osvaldo Pérez).

Balance ¿y liquidación? de Atahualpa – II

(Segunda parte)

El objetivo de esta entrada es cernir qué sabemos realmente sobre Atahualpa y hacer un balance de este personaje ambivalente pero fundamental de la historia de los países andinos, cuya captura y muerte ha tenido efectos traumáticos de los que aún no hemos logrado recuperarnos.

En la primera parte nos referimos al origen de Atahualpa. Indicamos que no estaba decidido si había sido cuzqueño o quiteño, pero que esto a fin de cuentas era irrelevante, pues a los incas esto no les importaba. Aludimos a las panacas a las que pudo haber pertenecido y a la posible identidad de su madre, especificando que esto tampoco era verdaderamente decisivo: fuera cual fuere el linaje de Atahualpa, el factor que marcó su destino fue su cercanía de la nueva élite de guerreros que se formó durante la prolongada campaña militar de Huayna Cápac en tierras del norte, hoy ecuatorianas, aproximadamente entre 1515 y 1526.

Señalamos que este hecho constituía una diferencia fundamental con Huáscar, quien había permanecido en el Cuzco durante ese mismo lapso y que, al recibir la mascapaicha sobre su frente, contaba con el apoyo de las panacas cuzqueñas y la casta sacerdotal, recelosas del nuevo poder que se había gestado en el norte. Mostramos –usando como fuentes a Sarmiento de Gamboa y Cabello de Valboa- que el Inca Huayna Cápac no había considerado a Atahualpa entre sus potenciales sucesores, pero que esto no significaba impedimento alguno para que este intentara hacerse con la borla sagrada. Que Atahualpa no era, por lo tanto, un usurpador. E indicamos que no tenía demasiada importancia esclarecer quién había comenzado la contienda, si Huáscar –el nuevo portador de la borla sagrada- o Atahualpa. Pero que Huáscar, como los sectores cuzqueños que lo apoyaban, tenía una clara hostilidad contra Atahualpa y las élites guerreras del norte, a las que veía como una amenaza.

Hay que reconocer que los temores de Huáscar estaban plenamente justificados: gracias a la experiencia adquirida durante la campaña militar del norte, los generales Challco Chima, Quizquiz y Rumi Ñahui y sus ejércitos, compuestos por muchos yanacona guerreros -es decir sirvientes a perpetuidad especializados en las faenas de la guerra y ya no simplemente orejones que cumplían su turno de servicio en las milicias del Inca- no tuvieron problemas en infligir a los guerreros cuzqueños, poco curtidos en las labores bélicas, una derrota tras otra, cada una más aplastante que la anterior, hasta el encuentro definitivo a puertas del Cuzco, que culminó con Huáscar y toda su parentela capturados.

Atahualpa no tuvo participación directa en la campaña. Pero hay incidencias relacionadas con él mientras esta se desarrollaba que deseamos mencionar, pues nos ayudarán a iluminar aspectos de Atahualpa, cuyo perfil estamos tratando de establecer aquí.

La primera de estas incidencias es la supuesta captura del Inca a manos de los cañaris al cabo de una de las confrontaciones con ellos. Después de haberlo atrapado, los guerreros de este grupo étnico habrían puesto a Atahualpa en un tambo, de donde el Inca habría logrado escapar gracias a una barreta de cobre entregada por una mujer principal. Con algunas variantes, sostienen esta versión Cieza, Cobo, Zárate y López de Gómara. Según Pedro Pizarro, uno de los pocos cronistas que lo vio con vida, Atahualpa dijo que su padre el Sol lo había transformado en amaru (serpiente sagrada) y él se había escapado por un hueco de la pared, y que fue durante su captura que se había arrancado la oreja –prácticamente todos los cronistas presentes en Cajamarca señalan este rasgo físico del Inca-, que cubría con una manta atada debajo del mentón para disimular la cicatriz.

Cabello de Valboa niega la captura y escapatoria de Atahualpa a manos de los cañaris: de haberlo atrapado, estos lo hubieran matado de inmediato. El bien informado Betanzos, por su parte, afirma que Atahualpa no se desgarró su oreja faltante en una faena guerrera. Dice más bien que la perdió cuando, muy joven, quiso acostarse a la fuerza con una chica y esta le jaló la oreja hasta arrancársela. Añade este cronista que, cuando Huayna Cápac lo vio y le preguntó qué le había pasado, Atahualpa respondió que le había salido un grano y su padre lo reprendió severamente por no haber mandado llamar a sus médicos.

Parece muy probable que Atahualpa haya manipulado aquella historia con miras a dotarse de un aura divina. Y que quizá haya hecho lo mismo con un sueño premonitorio, señalado en la crónica de Santa Cruz Pachacuti, en que un bloque de piedra proveniente del cielo caía sobre una laguna, uniendo el mundo de arriba y el mundo de abajo. Este sueño –real o no- lo emparentaba con Illapa, divinidad de la lluvia, el trueno y el relámpago, y lo hacía aparecer ante sus súbditos como “elegido por los huacas”.

Pero volvamos a lo que hacía Atahualpa mientras sus generales libraban la campaña contra los de Huáscar. Y lo que tenemos son historias cuyo común denominador es la extrema crueldad.

Dice Betanzos que, al cabo de una batalla victoriosa contra los cañaris, Atahualpa mandó separar a los señores de la gente del común y dispuso que a los señores les sacasen el corazón porque “quería saber qué color tenía el corazón de los malos”. Hecho esto, ordenó que los corazones fueron cortados en pedacitos y que la gente del común se los comiera. Luego, dispuso que los quillaycingas, que también estaban presentes, cocinaran los cuerpos de los principales y también se los comieran, lo que ellos, que según la crónica se alimentaban de carne humana, no tuvieron remilgos en hacer. La descripción de cómo los cocinaron –usando escobas de paja y agua con ají y sal, y acompañando la merienda de maíz tostado y cocido- quizá sea la más antigua mención de lo que luego vendría a convertirse en uno de nuestros platos nacionales predilectos: el anticucho.

Atahualpa actuó con saña similar contra “algunos indios” de Quito, a quienes mandó que enterraran vivos en un campo de árboles frutales, “para ver si los frutos de estos serían tan malos como los corazones de los que se habían rebelado contra él”. La crónica de Betanzos no indica si tuvo paciencia suficiente para esperar a que la tierra fructificara y confirmar sus elucubraciones, pero relata un acto suyo igual de inspirado en contra de los paltas. Al cabo de un enfrentamiento contra estos, ordenó que fuera asesinada no solo la “gente de guerra” sino todos, incluyendo las mujeres encintas, a quienes mandó que les abrieran vivas y les sacaran los niños de los vientres. Añade Cabello de Valboa que “sacaba las criaturas palpitando y medio vivas hacíalas matar otra vez; porque, decía él, que gentes tan malas merecían morir dos veces”.

Atahualpa refinó este método de represalia contra los familiares de Huáscar en el Cuzco. Según Sarmiento de Gamboa, el aspirante a la borla le encargó la masacre al general Inca Yupanqui, quien cumplió sus instrucciones en detalle, e hizo hincar muchos palos a uno y otro lado del camino a Jaquijahuana, mandó sacar de la prisión a todas las mujeres de Huáscar, “paridas y preñadas, y las mandó ahorcar de aquellos palos con sus hijos, y a las preñadas les hizo sacar los hijos de los vientres y colgárselos de los brazos. Y luego sacaron a los hijos de Guayna Cápac que allí se hallaron, y asimismo los colgaron de los mismos palos”.

Que algunas de estas historias aparezcan en la  Historia de los Incas de Sarmiento de Gamboa, interesado en demostrar que Atahualpa era un tirano y que por lo tanto estaba plenamente justificada la intervención de los españoles para deponerlo del trono, no sorprende en absoluto. Pero sí que también sean mencionadas en Suma y Narración de los Incas, de Juan de Betanzos, y Miscelánea Antártica, de Cabello de Valboa, que según opinión de los historiadores, recogen las versiones de panacas afines a Atahualpa. Quizá estos actos de represalia contra el enemigo vencido eran práctica común en el incario y, antes que suscitar el rechazo, eran bien vistos, pues indicaban la firmeza del monarca. O las panacas que suministraron las historias a Betanzos y Cabello tenían agendas particulares que hoy no podemos discernir.

Sin embargo, hay otro detalle que llama la atención en estos actos crueles. Y es que implican pesquisas de carácter cognoscitivo destinadas a cernir lo invisible a partir de lo visible. Atahualpa no solo ordena sacarle el corazón a los líderes cañaris que acaba de derrotar, quiere saber qué color tiene el corazón de los malos. No solo ordena que se entierren vivos a los paltas vencidos, dispone que esto se realice en una tierra de árboles frutales, de manera que, comiendo las frutas que estas produzcan, se pueda comprobar si un corazón malo tiene veneno en su interior. La crónica no lo señala, pero intuimos que el deseo de abrir los vientres de las mujeres encintas por su enemigo no solo obedece al impulso de acabar con la prole de Huáscar sino también al deseo de buscar en los hijos nonatos de un monarca “malo” rasgos exteriores de la “maldad” de su progenitor.

Hay otros indicios que confirman esta extraordinaria preocupación de Atahualpa por cernir las señales del mundo invisible, y de alguna manera controlarlas. Muchas crónicas han señalado, por ejemplo, su reacción cuando fue a Huamachuco a consultar el oráculo del huaca Catequil y este le dio malos augurios: Atahualpa desbarrancó al sacerdote que habló por el huaca, destruyó el templo y, según Betanzos, “allanó la tierra” en que estaba localizado.

Esta preocupación era completamente comprensible, pues Atahualpa buscaba por todos los medios imbuirse de una legitimidad religiosa de la que carecía, pues, tal como ha señalado el historiador Franklin Pease en Los Últimos Incas del Cuzco, los estamentos sacerdotales del culto solar, afincados en el Cuzco, eran aliados de Huáscar. La guerra entre los hermanos no tenía, pues, solo un carácter de panaca contra panaca, ni de élites afincadas en Tomebamba y Quito contra élites afincadas en el Cuzco. Tenía también un aspecto religioso.

En la próxima y última entrega sobre Atahualpa trataremos de comprender su comportamiento en los intercambios de mensajeros previos al encuentro de Cajamarca, la captura del Inca, así como su cautiverio y su muerte. Y haremos el balance prometido.

Balance ¿y liquidación? de Atahualpa – I

Análisis del personaje más controvertido de nuestra historia

La figura del Inca Atahualpa ocupa un rol central en el inconsciente colectivo de los países andinos. No en balde su captura y muerte ha inspirado el llamado “ciclo de Atahualpa”, es decir el abanico de representaciones -carnavales, fiestas populares y obras dramáticas- que, con distinto tenor, conmemoran o recrean estos eventos en la costa, sierra y selva de Ecuador, Bolivia y Perú, y que han sido estudiados, entre muchos otros, por Luis Millones.

Como suele ocurrir con los protagonistas de una pesadilla histórica no resuelta, Atahualpa tiene un signo ambivalente. Desde los momentos iniciales de la conquista hasta hoy, Atahualpa ha sido, sucesiva o simultáneamente, héroe y villano, opresor y oprimido, victimario y víctima. Y ha sido idealizado y denostado por igual.

Nuestros tiempos contemporáneos no son ajenos a esta larga tradición de sentimientos encontrados. Hoy por hoy, Atahualpa es para nosotros el Inca por excelencia y por ello la encarnación de la grandeza y miseria del imperio incaico. Es también un síntoma cabal del estado de la autoestima de los pueblos andinos. No es gratuito que los peruanos utilicemos al personaje como el vehículo predilecto para proyectar cualquier resentimiento residual –racial y/o cultural- que pudiéramos tener contra los españoles y sus descendientes, del mismo modo que los ecuatorianos lo usan para canalizar cualquier rencor histórico que pudiera quedarles en contra de los peruanos (veremos luego por qué).

Pero la empatía nunca es total. Incluso sus defensores más acérrimos y abocados a la memoria selectiva no dejan de traslucir perplejidad por la facilidad con que fuera capturado y asesinado.

¿Qué sabemos realmente sobre este personaje atascado en la garganta de la historia? ¿Cuál podría ser nuestro balance sobre él?

Dividiremos nuestra reflexión en varias entradas. Esta es la primera.

El debate sobre el lugar de nacimiento de Atahualpa ha sido enconado. Para Francisco de Xerez, Pedro Sancho y Miguel de Estete, así como para Agustín de Zárate, Pedro Pizarro, Cristóbal de Molina, López de Gómara y Antonio de Herrera, Atahualpa fue quiteño. Para Cieza, Betanzos, Sarmiento de Gamboa, Cabello de Valboa, Bernabé Cobo y Santa Cruz Pachacuti, fue cuzqueño. No hay un argumento definitivo para inclinar la balanza para un lado o para el otro. Si bien Cieza dice haber efectuado “grandes diligencias” en el Cuzco para establecer el origen cuzqueño del Inca, y Betanzos es lo más cercano que conocemos a una fuente de primera mano en lo que se refiere a Atahualpa -estaba casado con Angelina Yupanqui, quien había sido esposa y hermana paterna del Inca-, no podemos descartar que sus crónicas se hayan prestado sin saber a agendas particulares –hoy indiscernibles- de ciertas panacas (linajes reales).

Ahora bien, para los incas lo que era importante no era el lugar de nacimiento sino la panaca a la que se pertenecía. Y aquí también las fuentes divergen. Casi todos los cronistas que indican el origen norteño de Atahualpa señalan asimismo que era hijo de una princesa de Quito –alguno que era una señora carangui, grupo étnico prehispánico que moraba cerca de esta ciudad-, sin entrar en detalles sobre la panaca a la que pudo haber pertenecido. Cieza, por su parte, señala que la madre del Inca era de linaje Hurin Cuzco o Quilaco. Sarmiento de Gamboa y Betanzos anotan que esta era del linaje Hatun Ayllu –también cuzqueño- del Inca Yupanqui, más conocido como Pachacútec.

Debemos desestimar la afirmación del Inca Garcilaso de que Atahualpa era hijo de una princesa de los scyris, señorío supuestamente localizado en el actual Ecuador, pero que jamás existió. Tal como ha señalado María Rostworowski en su “Análisis crítico de los Comentarios Reales”, el escritor mestizo pertenecía a la panaca Cápac Ayllu, del Inca Túpac Yupanqui, la misma de Huáscar, y pretendía apuntalar a toda costa el derecho de este Inca a la mascapaicha (borla real), apelando a nociones ajenas al mundo andino como la primogenitura y la bastardía, y trazando una división geográfica del imperio que nunca tuvo lugar.

La invención de este señorío de los scyris tomó vida propia y fue retomada por el historiador ecuatoriano Juan de Velasco, quien dio rienda suelta a su imaginación en su Historia de Quito, donde incluso le inventó a Atahualpa una madre llamada Paccha. Por supuesto, la noción de un Inca quiteño enfrentado victoriosamente a un Inca cuzqueño en un imperio dividido en dos territorios enemigos prendió en campo fértil y bien abonado: la corriente de intelectuales nacionalistas ecuatorianos que ha establecido la versión norteña de la historia, que utilizan para vengarse en el pasado de las heridas del presente, y en la que omiten las matanzas perpetradas por Atahualpa en contra de los cañaris, que apoyaban a Huáscar, y la destrucción casi completa de Tomebamba a manos de este Inca. Sea como fuere, no es gratuito que el estadio más importante del Ecuador se llame como él y este sea uno de los nombres más comunes de sus calles.

Naciera donde naciera y perteneciera a la panaca a la que perteneciera, lo cierto e importante es que Atahualpa estuvo en el Ecuador desde muy joven, acompañando al Inca Huayna Cápac en su campaña militar de pacificación y conquista de las tierras del norte, que ocurrió aproximadamente entre 1515 y 1526. Fue aquí donde tuvo oportunidad de confraternizar con la élite militar yanacona especializada en los afanes de la guerra, que luego pelearía para él en su guerra contra Huáscar. Curiosamente, los únicos testimonios sobre Atahualpa en la capital del imperio, ofrecidos por Sarmiento de Gamboa, no son muy halagadores para el futuro Inca. En su Historia de los Incas, el cronista y explorador español indica que mientras Atahualpa llevaba refuerzos a Huayna Cápac, que iba rumbo al norte, tuvo en esa región un resonante fracaso militar que hizo que su padre, indignado, le regalara prendas de mujer. Y en otra parte señala que, cuando Huayna Cápac lo puso a prueba en la guerra contra los pastos, Atahualpa huyó del campo de batalla.

Fue esta confraternidad de Atahualpa con los yanacona guerreros de Huayna Cápac la que decidió su destino. La rocambolesca sucesión de hechos en torno a la enfermedad y muerte del Inca, narrada por Sarmiento de Gamboa, culminó con la presentación a los oráculos de dos candidatos, Ninan Cuyuchi y Huáscar, ninguno de los cuales recibió buenos augurios. Pero como Huayna Cápac no tuvo vida suficiente para proponer otros dos y Ninan Cuyuchi había muerto, el Sumo Sacerdote Solar Cusi Túpac Yupanqui decidió viajar al Cuzco y ceñir la borla sagrada sobre la frente de Huáscar.

Es claro entonces que Atahualpa no estuvo en las miras de su padre para la sucesión. Quizá carecía de habilidades militares suficientes, como Sarmiento ha señalado. Aunque posiblemente Huayna Cápac tomara también en consideración el hecho de que a Atahualpa le faltaba una oreja. Esta característica física, que han señalado algunos cronistas que vieron al Inca con vida, no solo atentaba contra la simetría corporal a la que los incas aspiraban, sino que era de muy mal augurio. No olvidemos que el huarachico, conjunto de ritos y pruebas viriles que duraban una luna entera, y al cabo de las cuales el flamante inca pasaba a formar parte de los ejércitos del Inca, culminaba con la perforación de las orejas y la colocación de los pendientes de oro, de un carácter simbólico del peso que implicaba. Que Atahualpa fuera físicamente incapaz de llevar ese peso era altamente sospechoso.

Hay que señalar, sin embargo, que no haber sido designado por el Inca para la sucesión no tenía importancia decisiva en el Tahuantinsuyu. Cualquier hijo del Inca suficientemente arropado por su panaca podía probar suerte rebelándose contra el Inca designado, tal como lo habían hecho Pachacútec y, de algún modo, el mismo Huayna Cápac. El Inca nuevo debía confirmar su calidad divina y de “el mejor” aplastando conspiraciones o tejiendo alianzas con las otras panacas aspirantes a la borla real. No tiene sentido, pues, hablar de usurpadores aquí.

Lo que parece haber sido determinante para el alzamiento de Atahualpa es el hecho de que Huáscar, en su calidad de nuevo Inca, mostrara hostilidad hacia la nueva clase militar que se había formado y adquirido privilegios durante la estadía de Huayna Cápac en tierras del norte, de por lo menos doce años. Es claro que Atahualpa, que no había acompañado a la comitiva que llevó en andas el cadáver embalsamado de su padre al Cuzco, gozaba del apoyo de esta clase militar, que muy posiblemente veía en él a alguien que podría defender sus derechos y quizá poner en práctica el nuevo proyecto de Tahuantinsuyu, en que Tomebamba tendría un papel más importante que el Cuzco.

A esto se sumaba el comportamiento de Huáscar como Inca, que no era del agrado de algunas panacas del Cuzco. Varias crónicas han señalado que se mudó del barrio de Hanan Cuzco al de Hurin Cuzco, que ofendió a sus antiguos vecinos. Que se rodeó de una guardia de extranjeros cañaris en lugar de guerreros cuzqueños. Que bebía demasiado y, en estado de ebriedad, tomaba a las mujeres de sus generales. Que incluso ordenó la violación colectiva de unas acllas en medio de la plaza de Aucaypata. Pero, peor aún, que intentó modificar los cultos en las islas sagradas del lago Titicaca y expropiar las tierras y riquezas de las momias embalsamadas de los Incas que le habían precedido. Aunque, tal como señala Franklin Pease en Los Últimos Incas del Cuzco, no sabemos si estos testimonios constituyen información “histórica” o simplemente la necesidad de presentar negativamente a Huáscar, en la medida en que, al tratarse de un vencido, había que representarlo como perteneciente al caos, a lo negativo.

Nos ahorraremos aquí los pormenores de la campaña militar, que Atahualpa delegó en su mayor parte a sus generales Challco Chima, Quizquiz y Rumi Ñahui, y que resultó favorable para él.

En la siguiente entrada señalaremos diversas incidencias que ocurrieron mientras esta se desarrollaba, y en que este Inca tuvo una participación directa. Abordaremos algunas interrogantes no resueltas con relación a la captura de Atahualpa, su cautiverio y su muerte. Y haremos nuestro balance tratando de ser lo menos anacrónicos posible.

Sobre “1509 Operación Victoria” (2011): una nueva visión de como se capturó a Abimael Guzmán

Sobre el documental de Judith Vélez sobre la génesis, el cénit y el ocaso del GEIN.

Debo confesar que tuve serias reticencias para ver este documental.

En general estoy harto de la captura de Abimael Guzmán como tema. Saturado del uso y abuso político que Fujimori y Montesinos hicieron de este hecho fundamental en la historia de nuestro país. Cansado de las ficciones televisivas que, como “La Captura del Siglo”, de Cusi Barrios, decían dramatizar las actividades del GEIN, el grupo de inteligencia policial creado por Benedicto Jiménez para atrapar al líder máximo senderista, pero en realidad nos endilgaban arquetipos heroicos unidimensionales de sus miembros, caricaturizaban al enemigo hasta deshumanizarlo y de paso hacían propaganda política subliminal a favor de la dictadura. De la impunidad con que alguna ficción desorientada como The Dancer Upstairs, del novelista inglés Nicholas Shakespeare, recreó la cacería del cabecilla terrorista hasta volverla irreconocible (lo que no impidió que John Malkovich la adaptara al cine en su debut como director, con Javier Bardem como el equivalente ficcional del general Ketín Vidal).

Gracias a 1509 Operación Victoria (2011), documental de la peruana Judith Vélez, podemos por fin ver con ojos nuevos la génesis, el cénit y el ocaso del GEIN. Y separar la paja del trigo en esta historia.

Vélez es una cineasta de larga trayectoria y de un raro talante prolífico en nuestro medio. Además de los mil y un programas que ha escrito, dirigido y/o producido para la televisión y el cine, estrenó La prueba, su primer largometraje de ficción, en 2006. Desde entonces se ha volcado más bien al género documental. En el 2007 realizó Seis con Ocho, que cuenta la historia de seis mujeres “burriers” en prisión, y en el 2009 ¡Libérenlos ya!, que muestra el drama de los familiares de los secuestrados por la FARC, la guerra más longeva del continente.

Inspirado en el artículo “The Sleuth that Saved a Nation” de Gustavo Gorriti, 1509 Operación victoria alterna con destreza el testimonio de los agentes de inteligencia del GEIN que participaron en la operación, el análisis de periodistas expertos en el tema, el material videográfico de primera mano obtenido en los seguimientos a cada uno de los líderes senderistas, así como sobrias dosis de recreación de los hechos. El resultado es una eficaz cápsula del tiempo que nos devuelve a aquellas épocas funestas y nos permite reconstruir las idas y venidas de este legendario grupo, compartir las extraordinarias limitaciones de recursos –el presupuesto mensual del GEIN era, en sus inicios, de 1,500 dólares por mes-, el escarnio de los pares por los pocos resultados visibles, la presión irresponsable de los de arriba, los escasos entusiasmos y cuantiosos desánimos, avatares de la tarea solitaria, absurda y risible de capturar al terrorista más buscado de la nación.

De alguna manera ya estamos familiarizados con los rostros de Benedicto Jiménez y Marcos Miyashiro, pero 1509 Operación Victoria incluye también los testimonios a faz descubierta de los otrora anónimos agentes de inteligencia que también tomaron parte en el rastreo y captura de Abimael. Y, y esto hay que decirlo, no puede dejar de sorprendernos la inusitada y refrescante combinación de competencia y vocación por el perfil bajo que translucen estos policías peruanos de a pie, vestidos de paisano, completamente despojados de la hybris de los personajes de ficción que atosigan nuestras pantallas y el género policial en general.

El tratamiento de las recreaciones, contenido pero efectivo, evoca el de las de Standard Operating Procedure, excelente documental de Errol Morris, en que el afamado documentalista analiza cada una de las famosas fotos de los interrogatorios en la prisión de Abu Ghraib que emergieron a la luz pública y al escándalo consecuente y, con buen pulso y escalofriante sangre fría, discierne qué se ajusta al protocolo de tratamiento de prisioneros de la Convención de Ginebra y qué no.

Además de mostrarnos con una nueva perspectiva aquello que ya sabíamos, 1509 Operación Victoria nos proporciona información nueva, o por lo menos no tan conocida. Nos enteramos de que, apenas el GEIN empezó a obtener sus primeros resultados, Montesinos pretendió disolverlo y adscribir sus funciones al SIN para controlar a su conveniencia los avances o retrocesos en la cacería de Abimael y adjudicarse sus eventuales logros. De que lo único que salvó al GEIN de esta nefasta interferencia fueron los vínculos de Jiménez con la CIA, que ya había empezado a darle apoyo logístico, y con quien Montesinos no quería enemistarse. Llegamos a saber que Antonio Ketín Vidal, jefe de la Dirección Contra el Terrorismo (DIRCOTE), bajo cuya dirección nominal estaba el GEIN -y quien, en la conciencia de los peruanos, todavía aparece como el gestor principal de esta captura-, en realidad era un informante de Montesinos infiltrado en el grupo, cuyas actividades intentó boicotear sistemáticamente. Que este siniestro personaje ignoraba a tal punto las actividades del GEIN que no sabía que la habitación en que se grabaron sus conversaciones con Abimael y los parientes de la terrorista Maritza Garrido Lecca estaba repleta de micrófonos de alta sensibilidad, que grabaron sus recomendaciones para salir bien parados de los interrogatorios o sugerencias de estrategia legal, impropias de un defensor del Estado, y que escuchamos con nuestros propios oídos.

Y es quizás aquí donde podría señalar el único reparo que tengo, y que no desdice en nada lo que ya he señalado. Soy consciente de las estrechas limitaciones del formato de 1509 Operación Victoria, que se propuso calzar en una hora todo lo que tenía que decir, pero creo que no se le asigna tiempo suficiente al ocaso del GEIN, que en mi opinión también es parte muy importante de esta historia. Si bien se atisba la reacción del gobierno de Fujimori, que disgregó el grupo y que en lugar de premiar a sus integrantes tomó represalia contra ellos por no haberlo tenido al tanto de sus avances, hubiera deseado saber más acerca del destino de cada uno de sus integrantes, así como de la manipulación exitosa que hizo el gobierno de esta captura para lograr convertirla en suya (recordemos que no dudó en enarbolarla como caballito de batalla en la primera reelección de Fujimori en 1995). Aunque aquí, lo reconozco, quizá esté tirando agua para mi molino.

Otra posible desavenencia no tiene que ver con la película en sí, sino con la manera en que esta se marquetea: ni el título ni el avance enfatizan el aspecto novedoso de la visión que se ofrece sobre la captura de Abimael y más bien redundan en lo que ya se sabe sobre este evento, dando la impresión de 1509 Operación Victoria ofrece más de lo mismo, de que oculta su propio valor.

1509 Operación Victoria ha sido vendido a Discovery Channel, que tiene programada su presentación en el 2012. Pero debería ser vista en nuestros cines y nuestra televisión.

“Tu rostro mañana”, o los dilemas morales del Estado

Sobre la extraordinaria novela de espionaje del autor español Javier Marías.

Escrita a lo largo de ocho años, publicada en tres entregas entre 2002 y 2007 y finalmente reunida en un volumen de 1,325 páginas en 2009, Tu rostro mañana, de Javier Marías, es, sin duda alguna, la novela de espionaje más ambiciosa escrita en castellano.

No es, sin embargo, un producto típico de este género, usualmente asociado a la acción trepidante del inframundo de los agentes operativos, sus informantes y sus agentes de control; de los servicios secretos, sus conspiraciones nacionales e internacionales y eventuales despliegues creativos de tecnología de vanguardia. Después de todo, no hay en Tu rostro mañana una gran misión por realizar, nadie a quien liberar, matar o derrocar. O por lo menos, no es esto lo más importante.

El eje principal sobre el cual gira la novela es más bien el conjunto de actividades menos estridentes –y más perturbadoras- de un grupo creado en Inglaterra para realizar tareas de espionaje no convencional, cuyos selectos integrantes están dotados de la facultad de “interpretar” a las personas, es decir de anticipar, a partir de un único encuentro con ellas, en qué dirección actuarían de darse determinadas situaciones. De cernir a futuro su potencial de doblez o integridad, amor u odio, cobardía o valentía, fuerza o debilidad, traición o lealtad. De ver en su rostro de hoy su rostro mañana.

Esto no instala la novela en el género de la ciencia ficción. Al fin y al cabo, las agencias de espionaje no han dudado en el pasado en apelar a médiums, brujas, telépatas o personas de supuestos poderes extrasensoriales en sus esfuerzos por no escatimar arma alguna, por ridícula que pudiera parecer, en la guerra sin cuartel contra los enemigos de turno.

Si bien se nos insinúa que el grupo, que carece deliberadamente de nombre, opera al servicio del MI5 y del MI6, los equivalentes británicos del FBI y de la CIA, también trabaja realizando bien remuneradas tareas de espionaje industrial para corporaciones inglesas no especificadas, con la razón o el pretexto de que “los intereses de estas son los mismos de la nación”. (Por supuesto, esto también es verosímil en un mundo como el actual, en que el poder de los estados se subordina cada vez más al de las grandes compañías, y en que los primeros utilizan los recursos públicos en defensa de los intereses privados de los segundos. Si este problema parece lejano, recordemos solo dos palabras: Yanacocha y petroaudios).

Jacobo –o Jaime o Jake- Deza, el protagonista y narrador de la novela, es un antiguo profesor español de la Universidad de Oxford que está atravesando un periodo de convalecencia sentimental en Londres, donde realiza un trabajo radial para la BBC. Un viejo amigo, Sir Peter Wheeler, un hispanista jubilado que ha trabajado en su día para el MI6 –personaje extensiva y entrañablemente inspirado en el prominente estudioso Sir Peter Russell-, lo invita, después de confirmar su extraordinaria capacidad para “interpretar” a las personas, a formar parte del grupo, liderado por el indiscernible y enigmático Bertram Tupra. Deza, sin demasiada motivación para decir que sí pero tampoco para negarse, acepta.

El grupo tiene una actividad frenética. Una innumerable cantidad de políticos, intelectuales, artistas y personajes de la farándula desfila por sus lectores de DVD, que han registrado programas de televisión, entrevistas, intervenciones parlamentarias, discursos, ruedas de prensa, interrogatorios en prisiones, destinados o no al ojo público, editados o presentados en su integridad, y a partir de los cuales los miembros del grupo deben emitir un veredicto. ¿Se puede confiar en tal artista? ¿Cómo reaccionaría tal político en caso de intento de extorsión? ¿Es tal candidato a tal puesto tan íntegro como parece o claudicaría en una situación de crisis? ¿Es permeable a la intimidación aquel intelectual crítico del gobierno?

La información resultante es, por supuesto invalorable y las posibilidades de sacarle provecho –aunque no tenga, no pueda tener, garantía de verdad- son infinitas.

Algunas de sus actividades tienen un objetivo político claro. En un encuentro directo con un general venezolano que se halla de visita en Londres y que desea obtener apoyo –no oficial, por supuesto- del gobierno británico a un eventual intento de derrocamiento de Hugo Chávez, el grupo “interpreta” al visitante y llega a la conclusión de que, si llegara la oportunidad y no hubiera otra salida, este no se atrevería a matar al presidente, y así lo indican en su informe. No se nos dice quién es el destinatario, pero es lógico pensar que se trata de las altas esferas políticas y militares inglesas. (Luego el grupo confirmará su “lectura” del general venezolano en cuestión, al enterarse por televisión de la frustrada asonada golpista del 2002 en Venezuela, que no contó con el espaldarazo del gobierno británico).

Sin embargo, los beneficiarios directos de las actividades del grupo a veces no son tan obvios, y permanecen en el anonimato incluso para sus propios miembros (Deza incluido). Un caso emblemático de esto es la cita que Bertram Tupra tiene en una discoteca con Arturo Manoia, un siciliano vinculado oscuramente a la mafia, y de quien nunca llegamos a saber si es informante o cliente, o ambos. Manoia ha venido al encuentro con Flavia, su esposa, y Deza también ha sido invitado a la reunión, oficialmente para ayudar con la traducción, pero en realidad para entretener a la señora mientras Tupra y Manoia conversan, protegidos por el bullicio del ambiente.

En esta escena, que es la central de la novela, Deza saca a Flavia, a instancias de Tupra, a bailar. En un descanso entre baile y baile, reconoce en la discoteca a Rafael De la Garza, un conocido, español como él, de también conocida impertinencia. En un momento de distracción de Deza, el impertinente y Flavia han desaparecido. Deza los busca, sin éxito, y Tupra, irritado, decide tomar el asunto en sus propias manos. Tupra logra encontrarlos: están bailando eufóricamente en un lugar alejado de la pista de baile. Hay motivo de alarma: halagada por la flamante atención que recibe y metida completamente en la danza, Flavia no se da cuenta de los rasguños cada vez más ostensibles que la malla que el sujeto lleva en la cabeza está dejando en su rostro.

Tupra consigue convencerla de que vaya al baño de mujeres y se retoque, para que las heridas sean menos visibles. Y logra persuadir a De la Garza, gracias a la ayuda de Deza, de que lo espere en el baño de minusválidos. Una vez ahí, Tupra toma contra De la Garza una represalia brutal, contundente, pero quirúrgica, en la que el impertinente sale magullado, masacrado, pero con vida.

Deza, indignado por haber colaborado sin su consentimiento en una acción violenta, protesta: “No se puede ir por el mundo así, violentando y matando a la gente”. La respuesta de Tupra –la clave de la novela- es a su vez una pregunta: “¿Y por qué no?”

Tupra le demuestra por qué el castigo contra De la Garza constituía, dadas las circunstancias, el mal menor. Al final de una larga sesión de videos –en la que vemos a políticos, artistas, celebridades o personas comunes y corrientes cuya vida privada puede en algún momento ser útil, realizando comportamientos chantajeables (hum, esto a los peruanos creo que nos suena familiar ¿no?)- somos testigos de cómo Manoia ejecuta con sus propias manos y sin que estas le tiemblen, a un probable traidor o confidente. La deducción es obvia: dejar a De la Garza a merced de la venganza del implacable y cruel Manoia –quien no habría dejado la afrenta sin réplica- hubiera sido el mal mayor. La soberana paliza de Tupra a De la Garza era inevitable.

Un indignado Deza se resiste con todas las fuerzas de su conciencia a las repercusiones de esta lógica moral –la protagonista de Tu rostro mañana-, pero esta opera como un veneno que se le ha inoculado y que empieza a hacer efecto en su conducta. Cuando se entera de que su esposa Luisa, de quien Deza se halla separado, está saliendo con un tipo que la golpea –con o sin su consentimiento, no lo sabemos-, no duda en apelar al recurso recién aprendido del escarmiento violento e intimidatorio, del que hubiera sido antes incapaz.

Despreocúpese el lector si piensa que con lo que he revelado de la trama ya sabe demasiado y puede ahorrarse la lectura de la novela. El arte de Marías es el arte de la digresión, en su caso de fuertes reminiscencias proustianas, que consiste en dejarse llevar por las asociaciones y meandros que le va proponiendo el relato, pero con una clarísima hoja de ruta como referencia de a dónde debe regresar cuando desea recuperar el rumbo.

Con esta técnica el autor español se permite jugar con ideas-motivo –nadie quiere ver, nadie quiere enterarse de lo que ya sabe; nadie debería contar nunca nada; nadie debería pedir nunca nada, etc.- que rondan la novela como un sueño –o pesadilla- recurrente y le permiten al autor bucear en el alma de sus contemporáneos, de examinar sin filtros la pequeñez y la grandeza de nuestros procesos internos. Utilizando impunemente lo que el autor ha llamado el principal recurso de la novela: la “suspensión del tiempo real”.

Esto a veces exige del lector mucha paciencia, pues no siempre podemos ver el final del túnel en que nos hemos metido. Pero esta se ve bien retribuida, pues Marías solventa con oficio el riesgo innegable de dejar cabos sueltos o de guiarnos a un callejón sin salida, y cierra y anuda sólidamente –en ocasiones, con soluciones dramáticas memorables- todas sus historias.

Mención aparte merecen dos ancianos nonagenarios a quienes Deza frecuenta en busca de consejo, y que vienen a ser algo así como las conciencias morales no solo de Tu rostro mañana sino de nuestros tiempos contemporáneos. Los dos tienen autoridad para saber de qué están hablando. Peter Wheeler no solo ha participado en la rama de operaciones especiales clandestinas del servicio británico –entre ellas, la de acompañar a los duques de Windsor durante su estadía en Bélgica, con el encargo de matarlos si defeccionaban a Alemania-, sino que ha padecido sus consecuencias trágicas en carne propia, con el suicidio de su esposa.

El otro anciano es Juan Deza, inspirado en nada menos que en el filósofo español Julián Marías, padre del autor, que en tiempos de Franco sufrió con estoicismo y dignidad las consecuencias de haber pertenecido al bando republicano durante la guerra civil española. Y quien, por ello, al terminar el conflicto, fue denunciado por su mejor amigo y casi ejecutado. (Podemos ver un texto de homenaje de Javier Marías a su padre aquí).

La muerte casi simultánea de Peter Wheeler y Juan Deza, y quizá la constancia de su propia alma envenenada, deciden a Jacobo Deza abandonar el grupo sin nombre. La novela termina con el regreso del protagonista a Madrid, donde lo vemos intentando rehacer su vida y su relación con Luisa.

Si el género policial en sus mejores manifestaciones nos permite ver en el delito común y corriente un síntoma social, el género de la novela de espionaje es, en mano de escritores como John Le Carré, Graham Greene o Arthur Koestler, una herramienta incomparable para examinar los límites borrosos entre lo permisible y lo que no lo es en la lucha contra los enemigos del estado (un examen que a los peruanos no debería dejarnos indiferentes). Con Tu rostro mañana, que intenta responder hasta las últimas consecuencias la pregunta de Tupra, se puede incluir a Marías en tan selecta compañía.

(Este post está dedicado a Judi Iranyi y a los compañeros del Spanish Book Club de San Francisco, que, con sus opiniones, a veces diametralmente opuestas de las mías, contribuyen invariablemente a perfilar y/o esclarecer mi perspectiva sobre la literatura).